miércoles, 11 de enero de 2017

Báthory






Cuando te vas, viola mi sigilo
y me muerde los labios
como si fueras tú desde algún verso
de malévola ausencia,
silenciándome.

Le niego la mirada
el olfato
el oído
pero siento su hálito viscoso por mi nuca
como un garfio caliente
a pesar del helor que flota en cada noche
lejos de tu abstracción.

Ya sé que hay un enjambre dentro de tu camisa
que te hace insoportable la estancia en dique seco,
y que todos los verdes se vencen a tu paso
porque, al menos ahora, no oficias de suicida
pero no es suficiente.

Nada es suficiente para que no me mire
con ojos esquizoides
y asole mi intuición con su intemperie
de honda dentellada
cada vez que te vas a seducir
a esa zorrita trágica
que me sonríe levemente cínica
porque sabe de sobra, que al final será ella
la última en gozarte.

Más allá del poema, existe el miedo
ese acechante miedo de fauces entreabiertas
torvamente incisivo
que disimulo bien
aunque me fragilice el pensamiento
de reina sin corona
en el circo letrálico que pisamos descalzos.

Ve tranquilo y regresa
con la boca selvática y la insolencia intacta.

Recuerda que
sin ti
la sangre que derramo se azulea
y a mí
como a la Báthory transilvana
me inspira más el rojo
desde que tú te escribes.

martes, 10 de enero de 2017

Los juegos del hambre II.









Está dentro de mí mientras te escribo
un canto barbitúrico
y los nervios enramados se duermen
y atravieso el amor como si olvido fuera.

Irresistible
tu voz entre dos aguas
memoria de sudor y de saliva,
preámbulo de pájaros.

No callo.
No callaré nunca.
El crimen es callar y el silencio su excusa,
pero la tinta insiste en el arpegio
vigilante.

Vivo húmeda y roja
como una flor sin savia en Varanasi.




Zarpó de mí un poema que llevaba mi espíritu
hasta la tensa orilla de tu boca.
Partió de mí con la sentina llena
de palabras feraces,
que serían semilla de otras nuevas, puras
y arrebatadas
de las que enamorarse lentamente.

La vida entera se convirtió en palabra
y el silencio cedió su imperio claustrofóbico.

Entre tú y yo no hay agujeros negros
ni tan siquiera en ciernes.
No hay dudas, ni reproches, ni fisuras
por las que otras lenguas deslicen su veneno.

Oímos los sonidos de la jungla,
el idioma salvaje del hombre involutivo
y cuando llega el miedo a destrozarlo todo
con garras neblinosas,
despejas la ecuación de la tristeza
y partiendo de ti llega el crepúsculo
a cubrirme de versos liberados,
como una nave apta para cualquier diluvio.

Todas las fotos viejas
terminan por llevarme a tus naufragios
y las tuyas
se emparejan vidriosas con las mías.

Hoy derroté los dogmas
huyendo por el polen de la palabra escrita
esperando ser flor y regalarme
para que no te rindas.




Cambiar de religión es lo de menos
si son los pedestales de las guerras,
la derrota de la razón humana
que se apoya en los dioses vengativos,
el suburbio del miedo
el territorio
de todos los carnívoros.

La religión derrapa en la hondura de Dios
trafica con su esencia, dilapida
la luz que nos sostiene,
reblandece su voz
confunde su palabra
y tiene tantos nombres al margen de la fe,
que elijo el tuyo como el más atroz.

Al menos no me engaña 
ni me exige cordura
en medio de la histeria colectiva.

Te nombro
y siempre me respondes
cuando se cumple el tiempo y sigues vivo.




Supongo que alcanzaste tu objetivo,
ese lugar keniata donde soplan los vientos de todos los veranos
y la vida se expande sobre la muerte impávida
y el amor, persistente, destrona a los dolores.

Supongo que volviste de repente al temblor,
a la luz, a las alas, al latido del hombre,
y el instinto de sismo se te habrá apaciguado
al salir de la jaula hospitalaria
con la tensa jauría del pasado
acosando tu insomnio.

Supongo que estarás derrocando al silencio
y haciendo de los besos la mejor medicina,
y del abrazo el íntimo placebo
para que el músculo se pliegue al baile
y el espíritu al canto de los días.

Todo tu continente reirá tu contenido
y supongo que el sol te hará sudar de nuevo
al ritmo trepidante de la lucha entre el cuerpo y la sábana.

Supongo que la luna te alumbrará de noche
para que olvides pronto las luces de la UTI,
y que te fluirán muy fáciles las lágrimas
contento de volver al lugar que fundaste y te reclama
como un huérfano al padre.

Te supongo feliz, amigo mío, un poquito feliz,
desembocando en lirios y palomas
aunque tan sólo sea por un sueño de río.

Por aquí, como siempre, en tus antípodas,
con un frío letal, desapacible, que se mete en los huesos
reclamando su espacio.
Nada que no se arregle
con una batamanta de inconsciencia
que abrigue la utopía. 




El pájaro de hiel prueba las alas
que no terminan de cicatrizar,
le pone voluntad a la tristeza
con un concierto de fatalidad.
Se teme lo peor, profetizando
la falta de futuro y al final,
mientras le voy cantando siendo invierno
empecinada en su latir vernal,
el pájaro de hiel pliega la risa
como un pañuelo limpio que guardar.

En el almario de los despropósitos,
la hiel ocupa toda su verdad.


2.015.

domingo, 8 de enero de 2017

Los juegos del hambre.



Alíviate de luna y veronal
en el pálido claro de mi letra.
No guardes tu tristeza enmohecida
no guardes tu memoria
déjamela en los ojos.

Y el hacedor de luces y tinieblas
encaja las mandíbulas
para no devorarme mientras lloro.





Está el aire borracho de gaviotas
ebrio de cormoranes
cuando pisas mi arena con tu planta felina.

Qué traes en la mirada del recuerdo
que se oscurece el mar cuando lo miras
y abres todas las puertas de sus olas.

Qué me va a suceder cuando te vayas
mar adentro sin mí
y no te encuentre al extender los ojos
sobre su antigua ondulación profunda.

No voy a perdonarte si te llevas mis verdes
y equivocas  la hora de anochecer conmigo
por más que te  confunda la distancia
y cierren sus corolas las anémonas
al canto de tu fiebre vesperal.

Ay mi amor flaco y loco,  Ay miamormío
qué música me vas a regalar
cuando el viento del Sur sople a favor
y yo largue las velas de la amnesia
como si el mundo no hubiera existido.

Qué luz arrojaremos por la borda
para que nadie encuentre
nuestro rastro de espuma
sobre el vivo cristal encabritado.

Muchas preguntas para un desayuno.




Entonces, la vigilia de la noche lluviosa,
la aurora que no llega porque se pudre en gris
y un agujero cósmico en mi estómago
que llenaré de ti cuando regreses.

Aquí los niños no cruzan fronteras
ni tienen el cerebro lavado en el terror.
No cargan rifles ni aprenden a matar
cuando aún no son hombres,
pero también la vida los maltrata,
los viola a escondidas, los golpea
y pagan por las culpas de los padres
y por la crueldad de los frustrados.

Aquí no hay negociadores duros
que se juegan la vida por la suya,
y no se entera nadie del abuso que sufren
hasta que el hospital alerta del maltrato
si es que las lesiones resultan evidentes
por excesivas.

Me visto con tu letra, me la pongo
para salir al día acariciada
y algo de ti se pega a mi deseo
y me mantiene alzada
aunque emerjan los puños de las sombras.

Cuando vuelvas
con las manos repletas de niñez dolorida
y el ánimo abatido por el olor a muerte,
yo estaré, como siempre, acrobática y verde
como una fruta nueva
en el árbol del tiempo que nos une.




Dónde estará la niña, la muchacha
que se bebía el mundo sorbo a sorbo,
dónde la rebeldía del amor
al que siempre le puso voz y rostro.

Dónde estará el muchacho que lograba
torcerle el brazo al porvenir furioso.
En qué lugar de espanto se hizo hombre
y se olvidó de amar como los otros.

No quiero hablar de míseros desgastes,
de jaulas, de cadenas, de un nosotros
tan hiperrealista que dé asco,
siempre en la cuerda floja de los solos,
pendulares según soplen los vientos
y hastiados de roturas y abandonos.

Prefiero que las nuevas cicatrices
que nos puedan marcar sean de asombro,
aunque amanezca el día y no te encuentre
porque te hayas perdido en otros ojos.





jueves, 15 de diciembre de 2016

De perra a perro.




Hasta que sola toque el fondo del cansancio
del músculo agotado por el trajín del tedio.
Hasta que la garganta se cierre de rutina
y se esconda la voz en el envés del tiempo.

Hasta que se me caigan los palos del sombrajo
que levanté por ti, y el sol pegue de lleno
sobre la arquitectura de tu libre albedrío,
quemando la maleza de mi jardín de invierno.

Hasta que la esperanza se me rompa a pedazos,
y deje de esperar con fe los movimientos
de tus largos viajes sobre mi estratosfera
y los míos astrales al hueco de tu pecho.

Hasta que el corazón se me convierta en piedra
y no surja la lágrima ni la pasión ni el miedo.
Hasta que no te culpe del golpe y la caricia
y ya no sea garante de tu oscuro secreto.

Hasta que tus relojes coincidan con los míos
y todos los segundos que marquen sean nuestros.
Hasta que el mar se olvide de escupir olas mansas
que nunca serán aptas para surfistas diestros.

Hasta que no me arroje desde mi propio asombro
y no te eche de menos con la piel y los huesos....
pasará todo aquello que tenga que pasar,
pero no la locura con que te estoy queriendo.

Es lo que tiene estar cuando te marchas,
que me da por hablar de perra a perro.

Cada quien con el hambre que le lata en las sienes.






La nostalgia te lleva de un lado para otro.
Nada de lo que tienes resulta suficiente.
Sí, sí, no me discutas que te vengo sintiendo
durante muchos días, y sé que son más fuertes
tus viejas adicciones borderline, peligrosas,
que el presente pacífico que puedan ofrecerte.

Ya vuelan pretenciosos tus pájaros australes
a oscuras latitudes, ya estás tendiendo puentes
entre tu rebeldía y tu afán libertario,
porque te ahogan todas las normas y las leyes
que la vida te impone cuando la muerte, casi, 
le gana la partida y tú no eres quien eres.

Te tienes tanta fe que solo te das cuerda,
así tengas que usar estrategias crueles
para justificar tu impulso irrefrenable
de volver al infierno y gozar sus placeres.

No me hago planteamientos que fallan por la base,
ni te mido con vara de medir a burgueses,
allá quien presumiendo de dominar tu espíritu
se estrole contra el ansia de tus atardeceres.

La prudencia no existe al lado de tu nombre,
aunque no salga escrito ni se anuncie en carteles.

Cada cual con la vida que se busca en la vida.
Cada quien con el hambre que le lata en las sienes.

La omnipotencia da mucho trabajo.






Últimamente, siempre, estoy en otra parte
y ni siquiera sé lo que deseo.
Dios dejó de mirarme y se presenta
tan sólo alguna vez durante el sueño
y se mete en mi cama, tan cansado
como cansada estoy de desafueros.

Me hago a un lado y llueve sin reproches
sobre la rebeldía de mi fuego,
y yo tampoco le reprocho nada,
bastante tiene con contar los cuerpos
que superpuestos llegan a su puerta,
y separar los vivos de los muertos.

La omnipotencia da mucho trabajo
y digan lo que digan, ya está viejo,
como estoy vieja yo para el ruido
que meten al entrechocar los huesos,
los vivos que maté por divertirme
y los que se mataron a destiempo,
antes de que pudiera demostrarles
que el mayor asesino es el recuerdo.

Me olvido de mí misma, pero tú no me olvidas
ni cuando tienes hambre de silencio.


Ya no me añora el mar.






Están pasando demasiadas cosas
que no tienen que ver conmigo nada.
Cosas que vuelan, cosas que bucean
en rápido zig-zag, un sube y baja
de la resignación por lo perdido,
ante la euforia por lo que se gana.

Al mito se renuncia, la quimera
nunca termina de enseñar la cara,
y la vida nos cambia los paisajes
que divisamos desde las ventanas.

Ya no siento placer cuando me pongo
para bailar desnuda alguna máscara.
El cuerpo que se esconde no es mi cuerpo
ni soy yo si me tapo la palabra.

Donde los fuegos eran de artificio,
hoy solo queda pólvora mojada
y tan solo resulto venenosa
administrada en dosis elevadas.

El mar ya no me añora ni me entiende
ni es la memoria que jamás me engaña,
pero si nos rozamos pasan cosas,
siguen pasando cosas si me abraza.

Cuando no sea yo.






Cuando no sea yo 
y el tiempo no se acuerde
de que reté a la muerte alguna vez
con un largo poema donde apareces tú
como un rojo silbido
reclamando atención.

Cuando no sea yo más que el boceto
de una idea en el aire, y tú no escuches ya
el silencio de las constelaciones,

(yo no voy a olvidarte, olvídate)

me meteré en tu piel
toda vértigo yo dentro de ti
para perderme en Kenya, a ser posible.

Un latido de pájaros
o un enjambre de avispas en el pulso
me indicará que llegas
a pedirme lo tuyo, mientras te enjugo el llanto.

Abriré cualquier noche y aparecerás tú,
de nuevo el sitio donde sufro y canto.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Error de cálculo.






Cuando me empiece a hundir, recuerda lo que he sido
durante el largo tiempo en que corrí descalza
por todas tus aceras, cotizándome al alza
en el mercado libre del deseo prohibido.

Si ves que no te veo, que caigo en el descuido
y maquillo mis labios con el dolor que ensalza
la lengua del silencio y a oscuras se realza
y ocupa el ojo ciego como si fuera olvido.

Si preciso escapar huyendo de mí misma,
por no reconocer que soy mi propio cisma
y el aire entre los dos deja de echar raíces,

será sólo un error de cálculo desnudo,
un fragor, un alud, un dardo puntiagudo,
clavado en la certeza de los días felices.

El final de una estirpe.








Es probable que sea el final de una estirpe

y ojalá así lo fuera. Me revienta

ese maullar constante en los tejados
que taladra el oído impunemente,
y el restregar contínuo de su celo reptante
por cuanta pierna-macho
se encuentra en el camino.


Ya está bien de mohines en cuclillas,

de versos genuflexos,
de pezones eléctricos, de plásticas vaginas,
y de esa forma estúpida
de ensalivar el chicle candomblé.


Y ya está bien, sobretodo, 

de cajones vacíos
disfrazados de cajas de Pandora
y de poner carnívora la voz
para ulular vientos vegetarianos.


¿Qué hay dentro de ti que tanto me repele?

¿En cuántas como tú se aburren los instintos
que se pregonan muertos,
con el tam-tam masai del deseo perpetuo
en su perfecta abulia?


¿Cuántas hay como tú

-satisfecha fingida-
hambreando pasión, desesperadamente?.







Verá usted, cuando una mujer reduce su vida literaria y su obra circunscribiéndola a la consecución de un único objetivo, cuando para conseguir ese objetivo salta sobre el dolor de otras mujeres que no pueden usar sus mismas armas porque nacieron con un mínimo de ética, pudor o timidez y en definitiva están menos vacías, cuando traiciona a su propio género arrastrándose y arrastrando a las demás de paso, cuando además lo hace de forma subrepticia manipulando emociones e instintos primarios....cuando todo esto ocurre, digo, y una lo observa, lo mastica, pero no lo deglute, no queda otra que vomitar. 

Ni puedo, ni quiero ser más explícita con este asco mío tan personal y tan inevitable. No soluciono nada porque desde que el mundo es mundo existen las babosas cuerpo a tierra, son todo un prototipo, pero me quedo como Dios después del séptimo día creativo, con un desliz de estos de cuando en vez.

Algún día, haré el etograma de estas fieras, que ante el más mínimo estímulo, reaccionan comiéndose a sus hijas, si hace falta.

 No me lo tenga en cuenta si le parezco demasiado mordiente.
Sí era mi intención.

Vendaval.






A tí se te amontonan las batallas
entre pecho y espalda
como sagitas tensas disparadas
desde la misma entraña de la vida.

Da lo mismo el lugar 
en que tu cuerpo caiga derrotado
por el grave cansancio de la carne
porque tu mente continúa alerta
y son muchos insomnios
los que acumulas cotidianamente.

Tú no sabes vivir más que enfrentando
tu propia concepción de lo que es lucha
y los demás
miramos como pasa
el vendaval furioso que generas
conteniendo el asombro emocionado
o la envidia siniestra por tu hombría.

Tú no eres el único alunado
pero si te desangras boca arriba
con la vista manchada de horizontes
y el índice dispuesto en el gatillo
sí eres de los pocos
que se juegan la vida por amarla.

No escribas tu futuro
antes de que suceda.

El amor es la fuerza que
sin sexo
llevas en los zapatos,
la que insuflas a otros que se apoyan en ti.

El resto es la experiencia de los solos
que mastican el odio como viene.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Nunca serás yo.








Tú nunca serás yo
por más que imites mis saltos al vacío.
La diferencia late entre mis ingles.
Tus ovarios se quedan siempre al borde.


(MdP - Cuaderno de Bitácora)



Tú nunca serás yo por más que el mundo
amnésico de mí, de mí te ceda
la pupila midriática y profunda
para que disimules tu ceguera.
Por más que enamorada de mi boca
babées mi saliva boquiabierta
y escupas mis pedazos y mis traumas
vomites en arcadas de tristeza.

Y nunca serás yo porque mis dientes
van a despedazarte la conciencia.
No acabas de entender que soy un monstruo
con los ojos de vidrio, centinelas
de la palabra que parió mi sombra
como se paren hijos bajo tierra.

Porque tú estás vacía de vocablos
falta de sufrimientos y tragedias
me estás robando la respiración
con cada verso mío que maleas,
con cada subterfugio que utilizas
con la malicia consentida y plena
de quien le roba el alma a otra mujer
porque quisiera parecerse a ella.

No hay nada más penoso que saber
que en el pecado está la penitencia.

Las reclamaciones al maestro armero.







Cuando sea tu boca la reclamante
porque vueles al pairo de mis malicias,
cuando te reconozcas como oficiante
y por tu cuenta y riesgo vayas delante,
no tendrás que alquilarte por más caricias.

Porque para mentirme me sobro y basto,
no necesita actores mi desatino
que de sus emociones hagan malgasto.
Ni me alquilo, ni vendo, ni me subasto,
ni reparar las almas está en mi sino.

Nos parecemos tanto que está mi orgullo
echándole un mal pulso a tu prepotencia.
Si tu finges, yo miento tras un murmullo
las verdades que dicen lo mío es tuyo
y lo tuyo es tan sólo de la apariencia.

Porque sólo me gusta que sea mío
lo que elijo y el resto no me interesa,
no doy saltos mortales ni desafío
la iconoclasta forma en que, a tu albedrío,
juegas al desamparo con una presa.

Y hay tantas bocas dulces, tantas espigas
que esperan fingir mieses en tus abrojos,
que no voy a extrañarme de lo que digas.

Yo sólo soy la boca de las ortigas
que crecen en la cúspide de tus ojos.

lunes, 10 de octubre de 2016

Pasmarotes.





Finge si te apetece. No será la primera
vez que miras el agua desde el puente del tedio.
A mí no me hace falta teatralizar guiones
que, de tanto vivir, resultan siempre viejos.

Tú sabes y yo sé que finge quien no tiene
un bagaje a la espalda que le ponga remedio
al pasar de puntillas por la cuaderna vía
de la vida y la muerte y el amor y el misterio.

Ese que mira al mundo con los superficiales
ojos de las estatuas viendo pasar el tiempo
desde la indiferencia, porque no les horada
ni la luna ni el sol ni la lluvia ni el viento,
porque no tienen tripas que colgar en el aire
ni carne que les duela en el dolor ajeno.

Pasmarotes, blandengues, miméticos llorones
que tienen del novato la suerte en el estreno,
e imitan como loros la función de los otros
y viven de las glorias que otros merecieron.

Tanto ellos como ellas
o ellas como ellos.

Así que no me digas que finja algarabía
para resucitar algún cadáver yerto,
que me importa un ardite, ya que bledo malrima,
el que hace oídos sordos ante cualquier estruendo. 

Dejó de merecer la pena seducir
a varones domados que se asoman al ruedo
y fingir empatía como una buena actriz
que rompe corazones a golpe de bolero.

Se me hace cuesta arriba salir de mi verdad
por dorarle la píldora con los brazos abiertos
al abrazafarolas de turno que se va
porque no hay suficiente cuota de arrobamiento
ante la excelsa obra que va mostrando ufano,
como prueba de un arte del más rancio abolengo.

Que no. Que no. Que yo prefiero ser mi sombra,
mi punto de reunión, mi eutexis, mi consuelo
o mi desolación, mi ecuménico ombligo,
mi falta de piedad para los traicioneros.

Que prefiero ser yo, sola y muerta de hambre,
que vender el impulso, la libertad o el credo.

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