Ana-lítica amorosa.




El que me quiso a mí, no quiso a otra
ni se repantigó entre la multitud.
No formó parte de la cuchipanda del ripio florecido
ni alardeó de hincar picas en Flandes
porque tuvo muy claro
que a quien no le interesa seducir
no hay quien lo seduzca.

El que viste lechón, nació lechón 
y el matadero era su destino.
No es que lo tocara con mi lengüita mágica
ni Circe me prestara su impiedad
para darle prestancia a la estulticia.

Tú también me analizas, como ellos,
y también te equivocas,
porque no tengo la menor constancia 
de que en algún momento de locura
saldrías a buscarme 
para decirme, cursi, a bocajarro
"poesía eres tú"
o espérame desnuda, corazón,
-muy desnuda por dentro-
que para la intemperie de la vida
te voy a regalar 
un abrigo de piel de leopardo como el que llevo puesto.

Ya sabes .... alguna frase tuya de esas excitantes
a las que tienes que poner condón,
no sea que la arpía del momento
se preñe de indecentes incertezas.

Vuelan las conjeturas sobre mí, y yo dejo que vuelen,
porque nuestra verdad siempre es inoportuna
y, casi siempre, esperpéntica y dolorosa,
así que no contarla es, cuanto menos, ético. 

Tú no te extrañarás porque andas perdido
en medio de los versos que hablan de los otros,
pero nunca de ti,
nunca del cómo te sometes al tiempo,
o del cuándo te moriste de amor
o del dónde descansas la cabeza
tras una borrachera de palabras alcohólicas.

Te podría contar las pulsaciones
si te presiono, suave, la carótida,
mientras que tú me cuentas las heridas que dejan cicatriz.

Las que no dejan,
están en lo más hondo, incontables,
como es la verdad.

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