Las reclamaciones al maestro armero.







Cuando sea tu boca la reclamante
porque vueles al pairo de mis malicias,
cuando te reconozcas como oficiante
y por tu cuenta y riesgo vayas delante,
no tendrás que alquilarte por más caricias.

Porque para mentirme me sobro y basto,
no necesita actores mi desatino
que de sus emociones hagan malgasto.
Ni me alquilo, ni vendo, ni me subasto,
ni reparar las almas está en mi sino.

Nos parecemos tanto que está mi orgullo
echándole un mal pulso a tu prepotencia.
Si tu finges, yo miento tras un murmullo
las verdades que dicen lo mío es tuyo
y lo tuyo es tan sólo de la apariencia.

Porque sólo me gusta que sea mío
lo que elijo y el resto no me interesa,
no doy saltos mortales ni desafío
la iconoclasta forma en que, a tu albedrío,
juegas al desamparo con una presa.

Y hay tantas bocas dulces, tantas espigas
que esperan fingir mieses en tus abrojos,
que no voy a extrañarme de lo que digas.

Yo sólo soy la boca de las ortigas
que crecen en la cúspide de tus ojos.

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Akhenazi. Espacio a tu costado.