Y volver, volver, volver....





Volver no es garantía de encontrar
lo mismo que dejamos.

El río caudaloso tiene cara
de mísero regato sin sonido
y aquel bar recoleto de veladores íntimos
se ve destartalado, casi inhóspito,
con esas fotos levemente luminosas
de pseudopizzas depauperadas
que incitan a la anorexia más profunda,
y hasta Leonard Cohen en la gramola
 ha perdido el poder de perverso lenitivo.

Dónde el desgarro azul de Janis Joplin
con su boca de pájaros suicidas
y ese Dylan poético-inefable
que provocaba orgasmos en cadena.

No se pasa sin consecuencias
del rock más heavy 
a la fofa lambada caribeña,
ni de las noches de blanco satén
a las de funda nórdica de poliéster

ni de un hombre a otro

sin que, al volver, los dientes del primero
no sean las cuchillas que cortaban
tu deseo en pedazos,
ni las nalgas del segundo bajo los jeans del tiempo,
mantengan su turgencia turbadora.

Volver es encontrarte con la verdad de frente
y descubrir jirones de tu piel
colgando de las bocas que un día fueron tuyas,
y de las calles todas
que recorriste altiva 
con imposibles tacones de Ungaro
y el perfume sinuoso de Jean Paul Gaultier
rompiendo de descaro las aceras.

Más que desilusión, volver es la patada
al plexo del orgullo
que te suele encontrar desprevenida,
el golpe de karate en la mandíbula
que centra las ideas
y te desinfla el globo
de la soberbia inútil.

Tus brazos invisibles de presente
-sin engañar la vista-
son carne de un futuro imaginario
y ocurren, poderosos,
como ocurre la vida.

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