Crónica córvida.

El Cuervo, de Alex Proyac

El refrán no se escribió para mí.

Los cuervos que he criado me han abierto los ojos a otras dimensiones vitales, me han prestado los suyos y hasta me han acariciado las pupilas.

Debo ser la excepción que confirma la regla y supongo que algo tendrá que ver mi perspicacia para no confundirlos, ni de noche, con mirlos blancos.

Mi negativa a aceptar los brillantes objetos que me traen de sus correrías,
puede ser que también les haya influído a la hora de la diversión. Con el pico libre de estorbos comprometedores, se dedican a besarme con más fruición de la que podría esperarse de estos astutos córvidos, siempre en alerta.

No basta con querer, hay que poder.

Yo puedo hacer que los cuervos vomiten flores, sin ser, precisamente, una paloma amable .


No me fío del sol cuando ilumina
con su sonrisa plácida este frío invernal,
ni me fío de quien quiere abrigarme
con un chal de palabras aromáticas
que yo no le he pedido.

No me fío del aire ni la lluvia
que hacen de la noche sinfonía ululante
alrededor del verso del insomnio
ni de aquel viejo espejo que me muestra
una verdad que yo no reconozco.

No sé qué pasará con esta nueva vida
tan brillante y tan otra
que empezará contigo en la distancia,
pero quiero fiarme del azar,
necesito fiarme del destino
que te lleva al confín del sentimiento,
al meridiano Cero del amor
con todo lo soñado
en la sucia mochila de combate.

Tan lenta se retira la muerte de la escena
que sigue oliendo a sangre en el proscenio,
pero tú ya comienzas otro vuelo iniciático

- pájaro guía de la gran bandada
que emigra hacia las luces de occidente-

te mereces vivir, tú más que nadie,
por tantas veces como te han matado
sin darte por vencido.

La palabra del día es la palabra
de todos estos meses en la incógnita:
Fuerza, tan solo fuerza.

Que ella te acompañe para siempre.

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