Kingkones

 



 
 
 
Dos hombres encantados de conocerse
con la libido a punto de caramelo
se hacen confidencias de macho a macho,
y en lugar de medirse y acometerse,
comparten territorio, presas y anhelo
porque de carne fresca tienen empacho.
 
Si la imbécil de turno que les provoca
con el verso, se juega más de la cuenta,
la displicencia ocupa el lugar del celo,
porque a final del cuento ella es la loca
que va dejando muertos en la cuneta
como todas las mantis de medio pelo.
 
Y van de predadores armoniosos,
kingkones del disfrute bien compartido
que ignoran la llamada de cualquier selva.
Porque las hembras gozan con los acosos,
se tumban a esperar que algún verso herido
la memoria de sangre les desenvuelva.
 
Y a comer avefría siempre convidan,
al muerde tú primero, si es que te gusta,
que hay muslo para hartarse, dale amigacho.
Una vez que están muertas, todas se olvidan
y hasta la peleona que va de adusta
es tierna entre los dientes. ¿Quieres un cacho?.
 
Sola para el escarnio de cazadores
que terminan cazados en su arrogancia,
mejor que regalada y en compañía.
 
Mis versos no son aptos para señores
que van acorazados de petulancia.
 
Cuando la nada es nada, soy la más fría.

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