Entre mujeres. Estereo-tipos-

A Eva Lucía Armas.



Ahí está mi boca desbocada
mezcla de ira ansiosa y de ternura
cegada por la luz de la alborada
y vidente de noche como un búho
insomne por la presa deseada.

Mi amor sin nombre, está, mi voz sin grito
mi corazón, mi esencia silenciada
mi muerte protectora, mi estrategia 
para enfrentar la guerra programada.
Ahí está mi cuerpo imperturbable
su carne de cañón esclavizada,
ahí mi libertad de pensamiento
mi letra de cristal, mi llamarada.

Ahí está mi espera, mi renuncia.
Nada más afilado que su espada.






Jamás una palabra más alta que la otra
ni aún cuando el poema dejara de ser arte
y transmutado en losa nos crispara los nervios
por no poder callarnos unas cuantas verdades.

No sé si hemos perdido los tiempos del amor
o hemos ganado juntas tantas guerras brutales
que se nos acabaron las razones profundas
para fundar de nuevo bulliciosas ciudades.

Todo nos pasa cuenta mientras pasa la vida,
los hombres y los hijos, los nietos, los pesares
que siempre pesan más que aquellas alegrías
que alguna vez tuvieron visos de realidades.

Fuiste para tu padre un escudo de luz
y para mí una igual de mi raza y mi sangre,
y no ha habido mujer más lúcida y leal
renunciando al sosiego por seguir adelante.

Llegaste acostumbrada a jugarte la vida
de palabra y de obra. No tuve que enseñarte.

Lejos de mí la muerte si te miro a esos ojos
que la vencieron antes de mis oscuridades,
porque no por más niña fuiste menos valiente
para pisar descalza su senda de cristales.

Hablemos cuanto quieras, tú eliges el idioma
que hay un mundo infinito de posibilidades
para dos que se entienden más allá de los versos
y pueden cerrar juntas los más siniestros bares.






Si se trata de mí soy lo bastante dura
como para reírme contigo de mi suerte
y beberme de un trago la copa de amargura
brindando por la tuya, que una ya está madura
para no acobardarse con la pena de muerte.

Me río más que lloro, pero no le consiento
a nadie que pretenda divertirse a mi costa
mas sin contar conmigo, y no dirán que miento
porque son muchos años sentada en este asiento
y estoy harta de gente que hasta la pena imposta.

Tratándose de amor, te confieso, querida,
que la piedra riente se convierte en arena
y acabo tan deshecha, tan rota, tan herida 
que cuesta un potosí enderezar la vida
si el oleaje bate la playa de la pena.

Tú has tenido más hijos, yo sólo tuve una
y ha sido suficiente para temerlo todo,
porque si se le tuerce la boca a la fortuna,
ya puedes aullarle como perra a la luna
que no encuentras lugar ni sitio ni acomodo.

Y por amor, de loba, te crecen los colmillos,
y por amor te vuelves tan fría y justiciera
que te olvidas de ti y cegando tus brillos
con las sombras del alma afilas los cuchillos
que matan por amor si necesario fuera.

Se cambia de estructura, de rima, de cadencia,
de ropa, de zapatos, de amigos y de amantes.
Hasta de piel se cambia con cierta indiferencia,
pero el amor a un hijo tiene una persistencia
infinita y feroz, después, ahora y antes.







Verso a tierra mujer de cuerpo al viento
porque la carne hoy no es lo que importa
y el amor, si es de hombre, te desnorta
pero no te remata el sentimiento.

No hablaba yo de amor de hombre y miento
si te digo que no se me entrecorta
el odio y el amor, pecando absorta
con la esencia de un hombre en este cuento.

Se puede estar bien sola, mas si estalla
la ojiva del amor con su metralla,
te puedes dar por muerta cualquier día.

Hay que reconocer que, a ciencia cierta,
no existe edad para cerrar la puerta
al fantasma viril de su anarquía.







Flaco favor me ha hecho el misticismo.
De ser más egoísta, carnal y hasta más tonta,
otro gallo cantara en mi corral, 
 otra fuera mi historia y es probable
que hasta tuviera libros publicados
(Me tengo que reír a carcajadas).

El orgullo nos mata, niñamía, 
tampoco es algo para estar contentas
y aunque de pigmaliones está este mundo lleno,
siempre nos dieron asco los contratos
y el toma y daca mal llamado amor.

No me hables de jaulas que me erizo,
porque si rompes una siempre surge
otra creciendo rauda alrededor de ti
como una planta de metal carnívora
a la que alimentamos de utopías.

Si es que me equivoqué, ya no tiene remedio,
y lo digo sin drama.
Lo único que ansío es que pase la vida,
que corra el tiempo y ponga las cosas en su sitio
por eso de morir sin ansiedades.

No sé cómo seríamos de haber nacido hombres,
pero seguro,
que todo hubiera sido más liviano.

Aunque no sé si Gaia existirá,
en la próxima igual me pido hombre
de esos que nos gustan a las dos. 

Me voy a la cocina a preparar la cena,
que siempre que recuerdo el genotipo
se me despierta el hambre.







Y si lloraras ¿qué?
Me recuerdas a Kipling con su código de hombre,
tan hermoso, tan duro, tan valiente.
Esa energía tuya para enfrentar la noche
con la risa del día y el sol de la mañana
sin eludir los besos ni los golpes.

Y si lloraras ¿qué? No es el llanto el problema
sino quedarse inmóvil en sus habitaciones,
cobijarse en su lecho y dejar que sea otro
quien por piedad le busque salida a tus dolores.

De no escribir el llanto, no sé qué hubiera sido
de mí y de mis amores.
Probablemente el odio se me habría enquistado
entre el pecho y el alma en muchas ocasiones.
Pero lloré y lloré mientras me incorporaba,
lloré y lo escribí desde mis interiores,
líquida me volví, lluvia sobre la tierra
de la desesperanza porque nacieran flores.

No sé porqué será pero el llanto me calma
y me revela nuevas y antiguas sensaciones,
me muestra los terrores ocultos en sentinas
de desesperación y me descubre errores,
me lava el pensamiento y me da lucidez
para no acobardarme al tomar decisiones.

Cada vez lloro menos, todo hay que decirlo,
quizás porque controlo de más las emociones,
o porque estoy de vuelta de mi propia masacre
y perdí la ilusión por turbios horizontes.

He pasado de ser un ente literario
de brillante metáfora y fuertes resplandores,
a ser una mujer que se siente acosada
y fuerzas de flaqueza saca en sus reflexiones
para seguir luchando por aquellos que quiere,
pero que ya no espera del mundo bendiciones.

La escritora no escribe, yo creo que se teme
que pasaron los tiempos de las revelaciones.
Si lo hace, ya ves, mezclando va las rimas
como una principiante sin lírico soporte.






Mi niña tiene un lucero en la frente despejada,
una brújula en las manos, una isla en la mirada.
Con un poncho de abalorios se protege de resabios
y madreselvas florecen cuando entreabre los labios.

Mi niña tiene la fuerza de una aguerrida amazona
y un modo de ser feliz que al mundo entero pregona.
Ha recorrido las sendas del odio y el sufrimiento
pero vuela en la alegría como un pájaro en el viento.

Es tan dulce o violenta como requiera la vida
y es sabia para sanar del alma cualquier herida.
No es rencorosa mi niña, mas tiene buena memoria
y no olvida fácilmente los agravios de la historia.

Llora en silencio la muerte de pasadas lealtades
mientras siembra algarabía en las nuevas voluntades.
Como no tengo dinero, voy a dejarle en herencia
la Biblioteca del Aire que resume mi existencia.

Mi niña tiene un lucero que luce mientras me calma.
Soy una madre postiza que la quiere con el alma.






Me das una caricia en un soneto triste
que durará los años que dure tu alegría.
Una caricia almática de luz, alegoría
con la que de por vida a tu vida me uniste.

Te doy una caricia porque me sucediste
como una aparición utópica en la umbría
de la desesperanza, Eva que luciría
brillante en el averno donde me conociste.

Me hace una caricia sublime y redentora
mientras le beso el alma, porque llegó la hora
de dejar que este amor que me inspira arrebate

la voz y la palabra, el corazón, el pulso,
ahora que me dejo llevar por el impulso
y antes de que el tiempo de silencios me mate.







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