Reflexiones prosaicas.





En situaciones límite me comporto con una extraña frialdad. Son los pequeños detalles los que me descontrolan.
Escuchar la misma perorata sobre la misma anécdota, seis veces en un día es demasiado hasta para mi, más que probada, paciencia, que no es tanto paciencia como facilidad para aislarme del entorno y dejar que la imaginación escriba un soneto, sobrevuele un rostro, o vaya pergeñando alguna estrategia para enfrentar los problemas reales que no terminan nunca de solucionarse.

Tanto bla, bla, bla intempestivo y me terminé abrasando una mano con sopa hirviendo.

Duele mucho quemarse de esa forma, aunque intentes contrarrestar el dolor metiendo la mano bajo un chorro de agua fría. Duele mucho, pero al menos, ante mi aullido, se calló como un muerto.

Lo malo son los verdugones que me han quedado de recuerdo, aunque terminarán borrándose, como su memoria.





Será porque ha pasado por demasiadas pérdidas, que no pasa por mí como algo inefable, como algo líquido y fluyente que arrastra la miseria de la memoria y alguna que otra brizna de esperanza. 
Se ha vuelto consistente y necesario como un desayuno cotidiano para un estómago repleto de vacío.
Podría prescindir de él hasta el almuerzo con sólo una molestia controlable, mas a la hora de la cena ya tendría un motivo imperioso para llevármelo a la boca de la desmotivación.

Qué belleza letal la de su desnudez devolviéndole el ansia a mis papilas, desperezándose en blanco y negro sobre mi lengua.
Qué extraño estar tan cerca con tan sólo el asombro de por medio para paliar el hambre.


Me dejo resbalar por su largo declive y acabo en mis orígenes de piedra, en el vestíbulo de la devastación.
Juro que habría querido odiarle con todas las letras, con todo el corazón, con todo el grito, pero no me bastó la voluntad osmótica.

Siempre me equivoqué de precipicio.



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