Eros.





Libra el motín de mis ojos
duro combate de besos
cuando me acosan los suyos
arrebatados de celos,
porque el pasado no cuenta
pero el presente es un hierro
que al rojo vivo se fragua
en esta fragua de espejo
para clavarse en el iris
de todo el que no esté muerto.

Qué no sabrá de su piel
la longitud de mis dedos,
qué no de sus tatuajes
o del hueco de su pecho
que se ajusta al sobresalto
impaciente de mis senos
y cede mientras me aprieta
hasta el hueso contra el hueso.

Qué no sabrá de la cuña
de su violento apogeo
el vértigo indefinible
con que me grita el cerebro
que es el molde de mis labios
cuando se me arquea el cuerpo
para beberme uno a uno
de su hombría los misterios.

Qué no sabré de su aroma
si hundo el rostro en su pelo
y con la lengua, en la nuca,
trazo mapas del infierno.
Qué no mis cerrados muslos
a sus sentidos abiertos,
de su boca cuando lame
la exactitud de mi sexo.

Desde el temblor y hasta el llanto
en la explosión del deseo,
amanece mientras gime
la brevedad del silencio.

Un hombre me ha germinado
entre las sienes. Despierto.

Nautas

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