Ya no me marcho más.




Ya no me marcho más. De todas formas
siguen pasando trenes desabridos,
a los que no me subo porque el instinto manda
y he comprendido tarde

(mejor tarde que nunca)

que si huyo no es más que de mí misma.

No digo que no tenga tentaciones
de tirarme del coche alguna vez que otra,
si no me hace cosquillas
su gris velocidad de fiel crucero,
pero no es suficiente para el salto.

La historia interminable del "nunca es suficiente"
me seguirá aburriendo por eterna,
pero hay un dios de las pequeñas cosas
que saca su cabeza entre mis libros
y levanta su enorme lapicero
pidiendo paso, firme,
al que no puedo obviar por testarudo.

Se me han pasado las grandilocuencias
de un modo, por paciente, inesperado
y ando como una zombi, de puntillas,
deteniéndome en mí
y aplazando la gloria indefinidamente.

Si descarrilan trenes en mis ojos,
será porque yo quiera
o necesite un día, melancólica,
-cualquier día de otoño como hoy-
recoger mis despojos en un soneto tránsfuga,
a golpe de memoria
como una forma de recuperarme
del virus demencial que me devora viva,
sin dar un paso atrás ni por tomar impulso.


(Tenía en aquel tiempo el pelo más oscuro,
las ideas más claras y el ánimo inconstante.
Era como un efluvio de gas amenazante
con detonar un mundo prematuro.

Se cenaba mi boca con bourbon. Como postre,
le servía en bandeja mi alma des-almada.
Después de un año vuelve y ya no queda nada
que mi debilidad por él arrostre.

Sufrir o tolerar a un hombre no es lo mío,
sobre todo si llega saturado de hastío,
habiéndome dejado vacía y como loca.

No es cuestión de rencor, sí de supervivencia,
un año es una vida si hay drogodependencia
y a estas alturas yo, soy cena de otra boca.)

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