Modus moriendi.






Doy poca guerra al mundo. Soy de esas que se guisan los problemas y se los comen solitas, procurando no joder al prójimo más que lo imprescindible y si en algún momento echo mano de él, no es para mí misma, sino para ayudar a otros que en todos los casos salen más beneficiados que yo, porque siempre termino con alguna contractura física, psíquica o almática.

Lo mío es ir por la vida derrochando esfuerzo y una especie de simpatía aderezada de sarcasmo que me ha creado fama de levantar a los muertos, o eso es lo que me dicen los que me rodean. No siempre soy negativa, así que puede ser que tengan algo de razón y, de cuando en vez, haya levantado a algún muerto de la tumba. A un muerto, muerto, realmente muerto, no de esos que están vivos y coleando y van de muertos irrecuperables a falta de sepelio.
 A esos lázaros postmodernos, no hay Dios que los levante porque están muy a gusto en esa posición de supino y cansino descontento, de descomposición pausada, de desangelamiento pernicioso.

Una de cal y veinte de arena, que van cayendo sobre el rostro, asfixiando la sonrisa, en la vorágine del ánimo tunneado para cada ocasión por las circunstancias vitales y sus crudelísimas rutinas.

Yo también -no vayan a creerse- yo también soy capaz de abandonarme a la retórica trágica o divertida, incluso inútil, y hasta soy capaz de crear algún paradigma que otro en la geografía de la emoción, porque todo es cuestión de la fuerza que sepas imprimirle al deslizamiento. De resbalar no terminamos nunca, si no existe un tope que nos frene en la pendiente de la verbolalia que se va acelerando según la potencia inercial, pero ni aún abandonándome resulto gris.

Para mí no hay grises, no le sirven los grises a mi apasionamiento.
Mierda para los grises a medio gas.
Mierda para los trámites convencionales que se utilizan para conformar al enemigo ansioso de noticias.
Mierda para la sobreprotección que no es tal, porque al final del cuento que se cuenta, la catarsis literaria que suele ser ineludible en estos lances, termina sacando a flote la realidad con todos esos grises tan, tan, tan, pero tan tarantán grises que resuenan a redoble de tambor abotargado, y terminas pensando que más te valdría haberte hecho la tonta en blanco y negro, o haberte zambullido en el índigo que te define emocionalmente, hasta que su apnea te amenace de muerte violenta, y ahí los rojos, todos los rojos del mundo pasando por tus ojos.

Bah...a falta de poderme comprar una vida nueva,  me he comprado un precioso vestido sutilmente verde con cientos de maripositas cianóticas que, por lo visto, están a la última, y otro rojo coral con miles de minúsculas estrellas en beige, y hasta una barra de labios en ese exacto color que me ilumina la cara de una forma muy favorecedora.

Está claro que me he quedado sin fuerzas para rendir las armas ante los grises que se me acercan, incluso ante los que lo hacen por mensajes privadísimos, cuando todos saben que me rasco en público por falta material de tiempo y  de paciencia.

Sí, sí, lo que leen y no lo que están pensando.


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