Maldita poesía.

Se te mueren los dedos, Mr. Brown, de tanto pasar página
y es probable que no beses igual
que aquel verano con el libro entero.

Sabemos lo crueles
que pueden ser los días arrugados,
las heridas de guerra, el desamor
que se abre paso carne adentro
como un taladro vivo de palabras.

Maldita poesía, debería añadir,
mas no es la poesía la culpable del caos
que me espera en la cama si no logro pensarte,
sólo mi inconformismo escupiendo razones
que no quiero escuchar.

La poesía sirve para volverte nítido
y definirte mío hasta el temblor
y parte de la historia secreta de mis ansias
porque tiene la única palabra
que puede amarte tanto que te obligue a vivir
entre todos tus muertos
la única que puede dibujarte la pena y forzar
las dulces comisuras de tu boca
en una mueca a punto de ser una sonrisa
la única que puede sorprenderte
cuando vienes del golpe atravesando miedos
con las botas caladas de sangre
y cambiarte la idea de muerte empecinada
por un rumor de besos de futuro.

No es la poesía la culpable
de que pase la vida echándote de menos
es que se me amotinan las legiones
de letras en la boca
 cuando quiero
lamerte el corazón con la lengua de olvido
por si acaso
llegara a ser también la última palabra
que un día como hoy marcara tus latidos.

Enciendo el lucerío
vuelve pronto.

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