Amargo y Ana-crónica.


 
 
Amargo no es ambiguo,
no amaga nunca el golpe, si golpea,
ni se queda a medias en la vida.

Anda tan embarrado en su crudeza
que no le queda tiempo para divagaciones,
ni da segundas oportunidades
que a él jamás le dieron.

Cada fracaso es un precipicio
que convierte en triunfo cuando salta
sin apartar la vista del vacío.

Cada estímulo
un mordisco en el aire.

Cada caricia, un gesto precautorio.

Cada amor, un olvido.

Cada tiro
una muerte.

Amargo mira en derredor
con ojos de tuareg amante de intemperies,
con amor de siroco

desconfiado y malévolo

que echa faldas al piso
y levanta de escombros catedrales.

Amargo es un lugar para perderse
sin que te alcance Dios ni su colmillo.
 
 
 

 
 
Ana-crónica
como un sherpa en el Sáhara
me extravío de mí entre tus letras
aunque sigas mis pasos y colérico
me muerdas los tobillos.

Inauguras mis ojos cada noche
con algún canto épico de vida ajusticiada
y porque a mí me sobran
todas las voces para tus silencios
ilumino tu boca de pan ázimo
para que reverberes
engolfado
en mi cintura de aire
como un faro oceánico y demente.

El hombre se ha perdido
en su absurda obsecuencia
desenvainando guerras como sables sacrílegos

mas tú tienes aún miles de pájaros
prietos en los bolsillos del insomnio

-terco milagro de papiroflexia-

que liberar en todos los zaguanes
donde se pudren sombras cotidianas.

Deja el himno pagano del hombre universal
aunque la muchedumbre acose tu memoria
que ando descalza por tus arrabales
para contarte
Amargo
lo que no ves de tí de tanto darte.

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