Yo soy la poesía.

 
 
 
No tienes que inventarme
porque cambio a tu ritmo y te seduzco
cuando estás solo de toda soledad
y vas despedazándote,
un trozo para mí y otro para el amor
que suda realidades en tu cama.
 
El trozo para mí de miedo escénico,
de la revolución del pensamiento
del vitalismo zombie que te arrasa
y llega a ser la esencia de tu boca.
 
Lo sé todo de ti, lo que se hace poema
y aquel telón de fondo de la sensorialidad
que se abandona dulce al simulacro.
 
Hoy la ternura en ti
es un modo salvaje de exorcismo rebelde,
una nueva moral que olvida los fantasmas
y me niega
como niegan los hombres sus amantes.
 
Podría haberlo escrito en prosa y extenderme
como sabana verde por la tierra de tu promiscuidad,
porque estoy muy prosaica
casi rabiosamente,
pero hasta el erotismo es diferente
si me quito la piel de burguesita al uso
y me dejo llevar, sin servidumbre,
por las metáforas de mi memoria
al ideal de amor que me resume.
 
Quién me iba a decir que soy la poesía.
Tu larga travesía del desierto.
 

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