El trago de tequila.

 
 
 
 
Mira que me han mirado torvamente
mientras yo me juraba en la distancia
salvaguardar mi espíritu, el secreto
inviolable de mi antigua casta,
sin admitir más moldes que los míos
y ajena a las ajenas circunstancias.

No sé por qué aún me desesperan
los excesos de ego y confianza
de algunos individuos con el duelo
en la boca y el tópico en la máscara,
las excusas que dan al lucimiento
de la filosofía más barata
para mostrarse cultos, distendidos,
de brillante intelecto iconoclasta,
sin imaginación para el tormento
ni para la pasión autodidacta.

Dicen que soy altiva y peligrosa,
violenta, irascible, sanguinaria,
y puede ser que alguna vez lo fuera
con varones de bocas clausuradas,
pero pasó a la historia como un tiempo
de frágiles promesas caducadas.

La reina negra ya no dramatiza,
la roja tiene un nudo en la garganta,
los ojos enredados en poemas
que estrenan sus heridas en mi cara,
con una crueldad fuera de norma
como la rebeldía del rebelde con causa.

Directo como un trago de tequila
entras por mis pupilas hasta el fondo del alma.

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