Perdón.

 
 
 
 
Que me perdonen todos la sonrisa malévola,
la sangre por el verso desatada,
la tragedia rimática, la música
en el cañaveral de la algazara.


Que no tengan en cuenta la eufonía
ni el ritmo venenoso de mi labia
ni el metro doblegado como un junco
al vendaval sonoro de la gracia.


Que me perdonen todos el orgullo
del pájaro que grita en mi garganta
y el golondrinear sobre la letra
que algún antipoeta descerraja.

Hágase en mí su escándalo desnudo
y perdónenme todos la palabra.
 
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