Desérticas.

 
 
 
 
Un desierto no escucha, no pregunta,
es un hecho dolido sin garganta
que late en mortandad de arena y viento
predador de la huella que exánime le horada.

Un desierto no hace confidencias
ni siquiera a la luna que acaricia su cara
ni a la noche de hielo que le cubre
ni al corazón del alba.

Un desierto se mira en mi desierto
cuando llueven del cielo las espadas,
agita su melena de guerra memoriosa
sobre la piedra que se resquebraja
y es una cicatriz a cielo abierto
que vomita espejismos de agua clara.

Un desierto con ojos de tormenta
me vibra en las arterias, me reclama.

Como un negro turbión de soledades,
me fagocita el alma.

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Akhenazi. Espacio a tu costado.