Cataclismo.

 
 
 
Una no se apacigua ni en sus propias pulsiones
y escribe desvaríos por encontrar el centro,
por transmitirse entera desde el punto de encuentro
con otras bocas libres de distintas razones.
Ahondar en el útero de las desilusiones
nos quita la coraza, el acero, la roca,
catártico el instinto demente de una loca
que desnuda tragedia para vestir consuelo.

Se usa la palabra como el largo escalpelo
que limpia las heridas que la vida provoca.

En el instante mismo en que se abre
la puerta al cataclismo, ya no importa
quien maneja el cuchillo que te corta,
ni quien la piedra que te descalabre.
En el momento exacto en que se abre
bajo tu pie el abismo desolado,
en que todas las fuerzas del pasado
no impiden la caída del presente,

qué importa cómo respire la gente
si su aliento no pasa por tu lado.

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