No saltaron delfines.

 
 
 
Aullabas despacito, suavemente,
como un pobre cachorro desolado
que ha perdido a su madre y, dependiente,
demuestra su ansiedad, desconsolado.

Tus ojeras hablaron por tu boca
y la melancolía de tus ojos
me hicieron evocar tu risa loca
y recogí del suelo tus despojos.

Y te miré, mis ojos no brillaban.
Y te besé, mi boca no temblaba
y me alejé desnuda, como vine,
sin un remordimiento de conciencia.
 
No
saltaron
delfines.

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