El don de la caricia.

 
 
 
 
No se hace mi pupila a su desgana.

Le pienso, sí, le pienso, pero dónde

el don de la caricia que se esconde

tras una timidez copernicana

que orbita alrededor de mi manzana

mintiendo en morse, titilando en verde.

Dónde, mi rey pragmático, se pierde

la escrupulosa voz de lo prohibido.
 

A qué tanto silencio pervertido

si no me excita el perro que no muerde.
 

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