Quedé en volver.






Quedé en volver. Me dormí
en un sofá de silencios,
con el cuerpo recogido
debajo del pensamiento, 
ganándome por la mano
el imbécil de Morfeo
que no sé qué se ha creído
para erigirse en mi dueño
y cercenarme las alas
sin darle consentimiento.

Quedé en volver. No volví
y no te estuviste quieto
en la cama de mi ausencia,
enorme como el desierto
que te circunda los ojos
cuando por mí sientes miedo.

Te fuiste a descabezar
poetas de medio pelo
y a borrarle la sonrisa
del rostro a los leguleyos
que disfrazan realidades
con aspaventosos versos
y hablan de la verdad
como si fuera un mal cuento.

Te fuiste a batir el cobre
por el sufrimiento ajeno
por aquello de ser fiel
a tus códigos secretos 
y sacar la rabia obscena
que se te instala en el cuerpo.

Quedé en volver. No volví.
Tú sabes cuánto lo siento.
Por primera vez, tal vez,
mi cansancio fue tan ciego
que no se atuvo a la orden
que le dictó mi cerebro.

Si nos hemos encontrado
justo cuando nos perdemos
y tenemos un idioma
diferente en cada encuentro,
si soy la loca daltónica
que sólo aprecia tu negro
y tú haces fotosíntesis
con el verdor de mis besos,

si ya pasaron de largo
los tranvías del deseo,
si coagulada no fluyo,
si romántica no medro,
si ya no me da la gana
de traficar con los sueños,

dime tú por qué me nacen
rayos X en los dedos
y cada vez que recobro
tus letras en el espejo,
veo a través de su carne
y llego hasta el esqueleto
blanquísimo de tu voz
a punto de emprender vuelo
como un pájaro de insomnio
para el que no existe el tiempo.

Dime por qué creo en ti
y en tu bisturí siniestro
que incide, testimonial,
donde no llegan los cuerdos
y pacta, por escribir,
tratos de luz con los médicos.

Quedé en volver. Me perdí,
pero he vuelto a ti, de nuevo,
claroscuro de mí misma.
Sé que me echaste de menos.


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