Leyendas del re(i)ñidero. IV.

 
 
Nada fuera lo que es
sin los leales al cuento,
los que lloraron unidos
cabalgando los silencios.

Nada sin los valerosos
con sus katanas de acero
y el corazón en el puño
para vengar a sus muertos.

Nada fuera sin su espíritu
sin su coraza y su yelmo
dando el alma en la palabra
para proteger el reino.

Nada fuera de esta reina
sin su milicia de viento.
 
(Morgana de Palacios)
 
 
La mesa no era redonda.
El manjar, sí, suculento
y Penélope era oscura
como una estatua de hierro.
Si lloraba o no lloraba
a nadie importaba el hecho,
porque los pesares grandes
siempre se sienten por dentro.
Nadie va a entender las claves
del amor con su misterio.

La mesa no era redonda
y los muchos caballeros
y las damas funerarias
y las hienas y los puercos
ocupaban silla, estante,
vajillas y esparcimiento.
Los bufones canturreaban,
los lores bailaban ciegos
y un lupanar maldiciente
le ganaba al desconcierto.

A mí me llamaron tarde
cuando ya no había remedio.
Y yo llegué como un ave
apedreada en pleno vuelo.
Con todo el dolor del alma
supe volar con los huesos
y la mano de la reina
vistiendo un guante cetrero
me dio un lugar en el mundo
gastado de malos vientos.

La mesa no era redonda
cuando llegó el caballero.
Oscuro, sórdido, hiriente,
completo sepulturero.
Con la reina éramos seis
en un palacio deshecho
copado de arriba a abajo
por máscaras y esperpentos.
Con la reina éramos seis
defendiendo todo el reino.

Los nombres no los menciono.
Cada quién sabe ese tiempo
y cómo se desangró
o se escapó de su puesto.
Con la reina sólo seis
siempre juntos, defendiendo.

El caballero llegó
torvo y negro como un cuervo.
Dos garras muy afiladas
un pico todo terreno
y de pronto un arsenal
que se guardaba, introverso.
Se paró junto a nosotros
sosprendidos y, violento,
decapitó a media corte
de nobilísimos cerdos,
como si hubiera llegado
un vengador ángel negro.

Para no hablar de dolores
por lo que fue en aquel ruedo
la deshonra y sus cobardes
haciendo leña de un muerto,
me vale mi corazón
regocijado y entero,
porque sin paja ni polvo
de pie se mantuvo el reino.

La mesa se hizo redonda
para siete caballeros.

Gobierna, en amor la reina,
sobre el trono de sus sueños.


(Eva Lucía Armas)
 
 
 
Llegaban voces traidoras
desde el hondón del silencio
con relámpagos de baba
y palabras de veneno
a manchar los ajimeces
del corazón de los buenos
que mostraban con dolor
sus rostros duros, guerreros.
Aunque callados lloraban
la memoria de sus muertos.


Siempre hermética la reina
se desaguaba en silencio.


Caballeros, damiselas
y princesitas de cuento
se dieron prisa a ocupar
todas las gradas del templo
haciendo mesa redonda
y de calumnias un cesto
cuando antes se morían
solamente por un diezmo.
La reina, triste, aguantaba
cuentos épicos de miedo.


Y mientras tanto Hecaté
se desalmaba en silencio


Llegó el que llamaban "Sabio"
hosco, antipático, extremo,
retorcido de dolor
y desangrado por dentro
que se dejaba la vida
en rituales extremos
con el odio contra todo
y entre los ojos los celos.

Vino a sentar sus reales
con sus graznidos de cuervo
entre aquellos que lloraban
la ausencia de un vivo muerto.


Se exaltó el ojo de Horus
al ver al pájaro negro.


Los que se habían quedado
desde el alba junto al fuego
pueden dar fe de las cosas
que sobrevinieron luego.

Y la amargura del pájaro
fue destiñendo su negro
demostrando que tenía
ternura a trazos pequeños
prueba de que las corazas
no protegen los cerebros
y no existe cuervo incólume
al amor y a sus misterios.


Entre los seis que quedamos,
imparable, crece el reino.
 
(Isabel Reyes)
 
 
Del brazo de Legolín
llegaron mis pies al reino
y entre poema y poema
me vi de nuevo aprendiendo.

Yo venía acorazada
con una soga en el cuello,
incapaz de darlo todo
y todo perder de nuevo.

Pero un día le leí
y algo me nació por dentro,
un milagro sucedió
sin él siquiera saberlo.
Y qué suerte es querer
a aquellos que le quisieron,
qué suerte remar la barca
junto a seis remos honestos.

Aquí encontré mi patria
donde ser siempre sendero,
porque además de poetas
sentimos nuestro el proyecto.
Que Dios proteja esa mesa
y cuide de cada miembro.

Por todos y cada uno
pongo mi mano en el pecho.
Me la parto por la reina
y por el pájaro negro.
 
(Arantza G. Mondragón)
 
 
 
 
Los elegidos ya vuelven
a colocarse en escena
reviviendo así su rol
en la emblemática guerra.
Yo también quiero un papel,
de comparsa en la palestra,
tan solo para admirar
a los héroes de cerca.
Junto a tramoyas y atrezo
vestiré como de gleba,
con la cofia y el corpiño,
el delantal y las trenzas
de una aldeana sencilla
que vuestras justas contempla.
Disfrutaré entre los grandes
de tan poética gesta:
palabras en desbandada
de sinfonía tan bella
son milagro de un escorzo
entre el sueño y la leyenda.

(Mercedes Carrión)

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