Leyendas del re(i)ñidero. III


 
 
 
Del arco de los dinteles
iba colgando sus lágrimas.
Una lluvia intermitente
de agujas muy afiladas
que en la piel del carnicero
tatuaban flores de escarcha.


La primer flor, sobre el pecho.
La segunda, sobre el alma.


De la herida del tatuaje
toda una selva sangraba
por los poros de la vida
ramajes de grito y llama
para quemarle los ojos
con qué no quería rozarla.


Si te miro - se decía -
voy a llevarte grabada.


En las noches de la sombra
y entre las velas del karma
el barco del disparate
a su costa lo acercaba.
Remaba al revés sin remos
su terquedad asustada.


Si me enseñara el perdón
se arderían mis barcazas.


Ella hacía de los verbos
una serena enramada
para el corazón de lobo
que temblaba entre las zarzas
tras de los ojos y el pulso
con que el deseo era rabia.


Si te miro, si te toco,
¿que va a ser de mí mañana?.


Tejedora de bolillos
sobre la carne sin alas,
curadora de arrecifes
llagados de mar amarga,
se le llevaba el silencio
como si levara un ancla.


El carnicero ya oía
trompetas en las murallas.


No pudo encerrar el tino
y abrió las puertas trabadas.
A mano rompió los sellos
a mano quitó las trancas
y un ejército de luz
en Jericó plantó el alba.

Él le devolvió los ojos.
Ella le dio la esperanza.


(Santos Aira)
 
 
 
Un puño en el corazón
santo y seña a su llegada,
no aplacó el turbio latido
que su pecho desbocaba.

No la miraba a los ojos
por miedo a que le cegaran.

Boca abajo se colgó
como un murciélago en calma
oteando las fronteras
de malheridas palabras.

Cómo puede un muerto en vida
a las bocas poner alas.

Más amargo que él, ninguno.
Era tan cruda su saña
que no perdonó a los vivos
si desleales gritaban
su envidia por los pasillos
y sus celos por las plazas.

Un águila vigilante
era la reina en su cámara.

Corta el aire con su lengua
de silente cobra naja,
las bocas murmuran muerte
desnudando las navajas
y todas llevan su nombre
y todas buscan su cara.

Una coraza de niebla,
que ha tejido mientras canta
la que reina en los ocasos,
le protege en la batalla.

El licántropo, de noche,
sueña con balas de plata.
La reina le ha regalado
de luna nueva una cama
y el ánfora de su olvido
para llenarla de lágrimas.

Nunca un hombre lloró tanto
sobre una mujer sin alma.

Todos los poderes fácticos,
la fe que no le quedaba,
puso la reina en las manos
de su nobleza canalla
sin importarle que el mundo
hirviera en su represalia
con difamaciones torvas,
traiciones y puñaladas.

Como un Templario, suicida
le devuelve la mirada.
Esboza media sonrisa
y rinde a sus pies las armas.
 
(Morgana de Palacios)
 
 
 
 
Nunca un hombre lloró tanto
ni una mujer fue más sabia
ni el silencio más silencio
ni la verdad más honrada.
De todo el abecedario
tejieron cien mil mortajas
para enterrarse a pedazos
sobre las costas del alba.

Que noche la de esas noches
sangrantes y desveladas.

Se odiaron y se entendieron
se reprocharon las armas,
se hirieron y se curaron
con vendas ensangrentadas
uno al otro y día a día.
Afuera, todo metralla.

Que días los de esas noches
de ciudadela sitiada.

Se aprendieron de dolor
y se prestaron las alas
para volver a volar
sobre las cosas pasadas.
Alas hechas con esposas
que al dolor los amarraban.

Que oscuro manto de ira
mataba el sol a pedradas.

Ella lloraba sin voces
y él entero se tajeaba
y al amanecer, de nuevo
se levantaban en armas
como fieras que han quedado
salvajes pero encerradas.

Que muerte la de esos días
en que morir no alcanzaba.

Nadie supo porque nadie
vio sus bocas desoladas.
Mataron al muerto juntos
y lo llevaron en andas
por todos los mil caminos
que les doblaban la espalda.

Peregrinando en lo ciego
callaron las añoranzas.

Un buen día hubo un buen día
sobre la carne amargada
y encima de los silencios
retemblaron las aldabas.
Salieron a los portales
todo sonrisa las caras.

Nadie entenderá el valor
que se pagó con las lágrimas.
 
(Santos Aira)

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