Leyendas del re(i)ñidero II.

 
 
Por las calles y pasillos,
sobre las alas del viento,
con lenguas sucias montaron
viles historias de miedo,
perversas, perseverantes,
persecutorias, los puercos.

Del chiquero de sus bocas
florecieron cien chiqueros,
sin importarles de nada
de aquello que se sirvieron
en las épocas remotas
ya muy lejos del respeto.

Atildados personajes
subidos al ministerio,
príncipes desangelados
que el tren del amor perdieron,
iracundos decidores
de estupideces y tedios,
farsarines de poetas
aterrados por el verbo.

Cuanta cortesana inútil
que otrora en pos de su aliento
ofertaba reverencias
sonrisas, favores, besos,
y luego con lengua ardida
escribió diez mil venenos.

Todo ese mundo de sátrapas
cómodos de cuello grueso
y ese mundo de madonnas
con el verso genuflexo,
ha sido desordenado
desbaratado y disperso.

Mientras la reina solloza
el rey bueno yace muerto.

En la torre sobre el valle
alza el puño el carnicero.

Señores - dice a la plebe -
donde hay rey muerto hay rey puesto.
 
(Santos Aira)
 
 
 
 
 
Por ser escritor, escribes
una leyenda en el aire
como un personaje ajeno
al pulso de su barbarie
sobrevolando una historia
que es más tuya que de nadie.

De nada sirve que yo
sensorial me desprograme
y me exponga a pedacitos
en cruel escaparate
y me regale a los ojos
como una rea culpable
que pondrán en la picota
las mentes más honorables.

La boca del carnicero
ha masticado mi carne
y conoce hasta qué punto
es indigesta mi sangre,
así que él solo se mete
en las fauces del desastre.

El escritor sabrá cómo
de su inclemencia librarle
porque yo no admito quejas
si decide proclamarse
rey de un reino conflictivo
sin lugar para cobardes
donde reina sin corona
y sin perro que le ladre
la que nunca está dispuesta
a crear santos y mártires
para el jolgorio de un circo
siempre ansioso de combate.

De nada me sirve hacer
la crónica del desgaste
de mis huesos contra el muro
de un pasado inolvidable
si el presente no me peina
la cabellera del hambre.

En mis ojos de tormenta
se está muriendo la tarde
y un escritor cuenta el cuento
de un sollozante cadáver
que ha dejado de esperar
el crespúsculo en que arden
los pájaros de la noche
que conjuran aquelarres.

Qué pena no ser paloma
de palabras zureantes.

Que el carnicero y mi cetro
celebren sus esponsales.
La reina duerme tranquila
a salvo de miserables
soñando en largos cuchillos
y en dientes inalcanzables.
Mientras su sombra la asombre
no podrá dañarla nadie.

Yo me retiro despacio
a mis íntimos desvanes.
 
(Morgan de Palacios)

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