Leyendas del re(i)ñidero. I

 
 
 
Por la curva de sus ojos
iba pasando el entierro.
Todos juntitos e iguales,
todos en féretros negros.
Los rezos iban detrás
con su ruido de avispero.

Desde el borde del camino
los contaba con los dedos.

Sobre un caballo de luto
encabezando el cortejo,
por un camino cerrado
marcando cascos sangrientos
la viuda de los difuntos
era un áspero ángel ciego.

Cuántos hombres ha matado
la intensidad de su gesto.

Desde el borde del camino
los contaba con los dedos
y calculaba el espacio
donde apilar tantos cuerpos
magullados, ofendidos,
desechados, esperpentos.

Cuántos muertos embarrados
todos vacíos del sueño.

Con la pala sobre el hombro
se acercó el sepulturero.
Clavó la punta en la tierra
y los ojos en el cielo.
Detrás del velo de viuda
dos mares lo persiguieron.

La procesión de difuntos
respetuosa, hizo silencio.

- No se los voy a enterrar.
Son muchos y está lloviendo.
Los apilo rapidito
y aquí mismo se los quemo.
Dejó la pala a un costado
y a los muertos puso fuego.

Carbones y mal olor
se esparcieron por el viento.

En la corte que rezaba
el murmullo creció intenso.
Codeándose unos a otros
se comentaron sus miedos.
La viuda de los difuntos
alzó su crespón de duelo.

Mares de larga tristeza
buscaron los ojos fieros.

- ¿ Con qué pago sus servicios?-
la mano en el monedero
dijo la viuda de todos -
¿Con palabras o dinero?
- Lo que quiero son sus ojos.
Nunca tuve dos de esos.

Ella se los dio en la mano.
Los guardó el cuervo en su pecho.

Los heraldos del pecado
corrieron de pueblo en pueblo.
Se entretuvieron las lenguas
inventando un mentidero
y desde un confín al otro
corrió el chisme en un reguero.

¿Qué se podría esperar
de un ave de cementerio?
 
(Santos Aira)
 
 


 
 
Aquí no va a entrar ni Dios
porque la foto es siniestra
y nadie quiere el papel
de engendradora de guerras.
Yo tampoco lo querría
si fuera dulce y serena
pero ¡qué le voy a hacer!
cuando gira la ruleta
la rusa es la que me toca
y al balazo nadie apuesta.


Te gusta echar leña al fuego
boca de maledicencia
sin ignorar que está escrita
en el aire mi leyenda
y que mis muertos son muertos
por no saber defenderla.

Ni voy de paloma blanca
ni de acuática sirena
ni de flor despetalada
ni de altiva Reina Negra,
ni de mantis, ni de viuda
con quelíferos de seda.
Sólo soy una mujer
que hunde los pies en tierra
inepta para el amor
de filigranas etéreas.

Son muchos los que le ponen
mi rostro al de su quimera
y pocos los que deciden
dejarse la piel en ella
y si viven o si mueren
no lo decide mi lengua.
Yo sólo mato el recuerdo
y borro estériles huellas.

Más o menos como tú
con las mujeres que entierras.

Qué se podría esperar
de una amoral sin fronteras
que no se casa con nadie
ni de nadie es compañera
si no le ofrece la vida
con todas sus consecuencias
y el corazón en la mano
sin una maldita queja
y sin dar un paso atrás
en la pasión por la letra.

Su Gólgota en mi Calvario
su hombría sobre mi hembra.

Si me has pedido los ojos
como dos mares en prenda
y te los di, desolados,
y los llevas por bandera
será que te vuelven loco
mis criminales maneras
y has encontrado en mi boca
la humedad que te subleva.

Tu ave de cementerio
besa mi gárgola pétrea
porque no suplica amores
ni le teme a las espuelas
de quien, nacido de madre,
puede cabalgar estrellas.

Me vas a escribir con sangre
y con sangre me harás nueva.

Vas a regalarme el mundo
escrito en una novela.
 
(Morgana de Palacios)







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