De Majerit a Madrid.

 
 
 
 
Madrid es un octópodo mesetario y voraz
que extiende sus tentáculos bajo un sol de justicia,
una apuesta de riesgo, un ansia contumaz
en reventar esquemas sin pagar su franquicia.

Madrid es una virgen dispuesta al sacrificio,
una vestal arcana de sombras y de luces,
la que abre sus piernas al amante novicio
mientras guarda el secreto de sus múltiples cruces.

Madrid es tan antigua como sus altas torres
y es tan nueva y tan tierna como la flor de un día
que tímida se esconde si su velo descorres,
o te muestra la cara pintada de una arpía.

Madrid es la tahúr que juega cualquier juego,
la drag queen que en lo cutre despliega sus valores,
la cuna de las risas y del desasosiego,
puta de mil esquinas preñada de colores.

Madrid es la guerrera frontal y decidida,
la belleza sin pausa, la fealdad sin freno,
la amazona sangrante por su trágica herida,
crisol de las Españas, sonora como un trueno.

Madrid es un relámpago que vomita la noche,
hormiguero de sueños, el colmo del derroche
que te da mucho más de lo que tú le entregas.

Madrid es lo que es... la diva imprevisible
que seduce la vida con su canto imposible
por la inocente boca de un millón de estrategas.

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