Lo que da de sí una bandurria. De Valentín Martín, mi almático amigo.





A Morgana
Que sí, mujer, que yo fui tuno además de vendedor de polvorones y zapatos por correspondencia (iba por las peluquerías de caballeros donde ellos esperaban su turno y llevaba la mercancía, pero la mercancía no eran los zapatos, eran las fotos de los zapatos, qué número gasta usted, tengo unos zapatos de Elche que mire cómo le quedarían, en las zapaterías le cuestan cinco veces más, usted paga aquí el cincuenta por ciento ahora y el otro cincuenta por ciento al recibirlos, son de lujo y de Elche, eh, sobre todo no se le olvide a usted que son de Elche), también fui mecánico electricista, segador, hortelano y sacristán.
Pero no era yo un tuno al uso, de esos que iban por las bodas pasando luego la pandereta, fui un tuno profesional en una buena banda que tocaba además de Clavelitos, la boda de Luis Alonso y los remeros del Volga y otras piezas de más fuste. Tocábamos en el teatro Bretón, una joya arquitectónica y un templo del cine y la cultura que muchos años más tarde sembraría la polémica con su demolición, pero triunfó una vez más el parné y donde tantas tardes de ilusión hubo se levanta hoy un edificio que es un monumento más a la simpleza.
Tocábamos mucho en los pueblos de la provincia, adonde nos llamaban los ayuntamientos y también las delegadas de la Sección Femenina, en los pueblos grandes siempre había una que vivía allí y cobraba su sueldo enseñando a las chicas a coser, gimnasia y balonmano, casi todas se llamaban mariajesús y muchas veces se ponían en contacto con el gobernador civil para que les enviase una embajada cultural y la embajada cultural éramos nosotros que tocábamos en las iglesias (porque casi ningún pueblo tenía teatro), allí donde los misioneros de voz cavernosa y verbo apocalíptico admonizaban a la gente, que salía luego de la cuaresma con más miedo que había entrado en ella. Qué bien les debía saber a los aldeanos el mensaje de Compostelana, cuando llegábamos nosotros.
Íbamos en aquellos autocares que tenían baca y siempre eran viejos, sí, como el coche de línea de Bienvenido Mister Marshall, nos acompañaban las novias y las amigas y las compañeras de clase, y era necesaria la baca porque ellas se acomodaban tan ricamente dentro, en los asientos y nosotros nos repartíamos entre el suelo del pasillo y el albur de la baca adonde subíamos a agarrarnos a la barandilla y a pasar frío.
Aquellas carreteras eran de tierra y piedras, ni se olía la posibilidad del asfalto todavía, y las más afortunadas tenían peón caminero, ser peón caminero entonces en España era un chollo porque era un trabajo fijo y algunos hasta tenían caseta para vivir.
También viajé por aquellos pueblos con la compañía de teatro a la que pertenecía, éramos buenos de verdad, no te creas que Arniches y Pemán, no, nosotros hacíamos Ionesco, O’Neill, Buero, Casona, Sastre, no veas cómo gustaban estos dos últimos a los que el régimen consideraba dos pájaros de cuenta pero que la gente sencilla les entendía en toda su dimensión.
Era la España en blanco y negro que en la ciudad retrató un tiempito después la Carmen Sotillo de Delibes y que en los pueblos todavía no pasaba del tocino y las patatas meneás, la España a la que se acercó también Martín Patino con su Nueve Cartas a Berta, en esa película yo fui figurante, era uno de los muchos jóvenes que subía y bajaba una y otra vez por la calle Toro una tarde de domingo. Patino ya planteaba algo nuevo, la angustia existencial del protagonista, el protagonista entraba en crisis, por entonces algunos estaban en crisis y se decía eso mucho, fulanito está en crisis, y quería decirse que algún muchacho o alguna muchacha se había empezado a peguntar por el sentido de la vida. Yo estaba tan empeñado en sobrevivir y lo que vivía lo vivía tan deprisa que jamás estuve en crisis.
Porque todo eso, la música y el teatro, lo hacía por expandirme en una dimensión necesaria y gratificante, pero sobre todo por dinero. Aquel dinero me servía para pagar la pensión y darme el gusto de comer de vez en cuando en el comedor universitario de la calle Prior, justo al lado de la casa donde vivía una adolescente morenaza que llamaba la atención y que con el tiempo sería una cómica de prestigio con el nombre de Charo López.
En aquel comedor se podía tomar un almuerzo por veinte pesetas o gratis si hacías de camarero, pero a mí camarero no me gustó nunca, me gusta que me sirvan como un señor, ya ves tú, aunque sea sólo chanfaina y agua del pozo. Tampoco me gusta eso de los buffets y las bandejas, parece que estás comiendo en un hospital, manías de pobre venido a más.
Aquel dinero ganado en las tablas como tuno o actor me servía sobre todo para pagarme mis estudios de lenguas muertas y conseguir un día sentir el placer de traducir a Tito Livio o decirle a una mocita al oído cosas en griego que a ella le sonaban siempre como un tambor, ya le estuvieses recitando a Homero o el padrenuestro.
Todo eso queda muy lejos, aunque alguna vez aquellos paisajes me hablan, como si nada hubiese sido en vano. La bandurria está en el trastero y, por lo que tú ya sabes, ahora me sería imposible coger la púa y trinar ni con frenesí ni siquiera dulcemente. Hay una buena dosis de imprudencia en proclamar como presente algo que ya es pasado. Aquel mundo ya no existe y éste se derrumba, así que me parece que sólo me queda pasarme por el baile de las viudas a ver si encuentro un sueño para ir ya hasta el final río arriba río abajo, como el amor en los tiempos del cólera.

Joder, qué tostón te he metido hoy, amiga mía.

Un beso.

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