Todos somos malhechores sincréticos
en busca del indulto,
escribiendo obviedades
de bienaventuranza eterna
o cruzando fronteras pervertidas
con el morbo de un turbio adolescente.
Ilotas trágicos
adheridos a un verso iconoclasta,
que es una cárcel disfrazada de pájaro,
una entelequia siempre discordante:
espejismo de acero
con destino de agua.
Aproximaciones verbales,
precipitado labial del intelecto despótico
que se alza de puntillas
sobre los cuentos de hadas.
No tengo nada que disculparte, al contrario. Yo escribo para que tú te busques en las letras, porque la poesía ha de conmover de alguna manera, zarandear al lector, dejar un poso, tocar corazón. Si no, no vale para un carajo.
ResponderEliminarSiempre intento ser directa, Jorge, es parte de mi código personal, llámale ética literaria, y eso es algo que superpongo a la posible estética de cualquier tema, porque si no, no transmites más que oficio y oficiantes hay demasiados en este mundillo que potencian lo políticamente correcto hasta en los sentimientos. Para escribir hay que ser amoral, que no inmoral, porque sólo desde la impudicia más rotunda que, por otro lado, siempre es inocente, se consigue esa química que trasciende la letra.
Yo asumo mis contradicciones, así que no veo nada raro en las tuyas. No es un tópico eso de que el poder corrompe y domina a través del miedo, es una verdad como un templo, así que tampoco me extraña que reniegues de él, te diría más, creo que es tu obligación como hombre y también es un deber salvar la esperanza, potenciar el niño que todo hombre lleva dentro, porque es desde su esencia que va a enfrentar la vida cuando vengan mal dadas, y la va a disfrutar cuando se le ofrezca en bandeja.
Hay que vivir, Darkito, vivir con todas sus consecuencias y el amor es parte ineludible de esa vida, su gran misterio.
Lus Casal lo dice mejor de lo que yo podría decirlo.
Un abrazo, Jorge Roussell.