Sin citas.

 
 
 
No nos citamos nunca
no hace falta
no importa si es un viernes de cuaresma
o un lunes de desgana,
ni tampoco si está la primavera
gritando en la palabra
que florece en las grietas del asfalto,
o es el otoño quien, como un fantasma,
se esconde subrepticio y melancólico
debajo de la cama.

No importa si vestida o si desnuda
espero esperanzada
o si desesperé de tanta espera
y me he licuado lágrima,
ni si me solivianto por su ausencia
con las ojeras de una viuda trágica
o si me desperté con las pupilas
riendo a carcajadas.

No nos citamos nunca y, si lo pienso,
no comprendo, mujer, de qué te extrañas.
No necesito citas con el hombre
que nunca olvida lo que tiene en casa.

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