Santa bebedora.





 Dónde estamos tú y yo
si es que realmente estamos,
en qué latitud ignota
del mapa de los milagros.
En qué punto de ansiedad
al que no llegan las manos
hemos perdido las risas
y el tiempo de los abrazos.
Qué puede esperarnos ya
si es cada vez más abstracto
el pensamiento que gira
sobre tu rostro lejano
mientras a oscuras intentas
darle luz a los vocablos
y a oscuras me estás pidiendo
palabras de amor que callo.

Un día sucede a otro
de silencio anestesiado.

Dónde estamos tú y yo,
en qué territorio extraño
hemos colgado la piel
del árbol de los espantos
y es mi boca luctuosa
soledad de vino amargo
y es tu torso el alimento
de insectos depauperados
mientras me rompo las uñas
arañando tu retrato.

La noche afila sus garras
sobre nuestro anonimato.

De qué taimada manera
se está instalando el desgarro
en las negras coordenadas
donde se juntan los labios
porque el beso es lo que queda
de un presente maniatado
y dentelladas al aire
que escucho en el desamparo
de los perros de la aurora
porque se han muerto los gallos.

Te merezco como tú
te mereces mi pecado.

Tu castigo es mi castigo
allí donde sólo hay malos
y los dioses son turistas
que nos miran de soslayo
por ver como nos queremos
con vocación de matarnos.
Y tú que has sobrevivido
al horror del ojo humano
y a la violencia mortal
que va donde van tus pasos,
sobrevives por mis ojos
que esperan sin un reclamo.

Soy la santa bebedora
de un Grial desconsagrado.

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