No te mató mi veneno.




No te mató mi veneno,
mi hiel, mi desbarajuste,
ni a mí me mató tu acíbar,
tu misoginia, tu fuste.

No sé cómo superamos
tanto dolor, tantas cruces,
tanto corpore insepulto
sin tierra y sin ataúdes,
ni sé cómo estamos vivos
si matarnos fue costumbre
porque tú ya estabas muerto
y yo matada de luces.

Dos desiertos clausurados
en dos tenebrosos bunkers.

Un energúmeno adusto
con la boca de arcabuces
y una gata descarada
poco adicta a los frufrúes
que aprendió a hacer malabares
con garras de incertidumbre
para desviar las balas
con que matabas cebúes
y hasta tigres bengalíes
por puro y duro disfrute.

(ríome) cuando me acuerdo
de aquel sonado derrumbe.
Tanto gallo cacareando
el inminente desplume.

Se me hace cómico el verso
lejos de mis plenitudes
habituales. No creas
que me está faltando empuje,
es que hoy estoy contenta
y hablarte de negritudes
me da hambre de reir
(ya sabes que para embustes
y oficio filibustero
de ese que tildan de ilustre,
no me da el cuero contigo,
así que no me estrangules
que ya vendrá la tragedia
a bajarme de la nube)

De momento y, por si acaso,
el mundo estalla y se hunde,
te abrazo muerta de fe
y viva de contraluces,
que el futuro está tan negro
como tus ojos augures.

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