Madame Rastignac. La última careta.

Y bien, querida mía, no pasan por tí los años, y sigues igual, escribiendo en cursiva la doble intención de tu desasosiego sexual, masacrada por el exceso de alprazolam que tanto te gustaba cuando vivías en Normandía sin haber salido nunca de tu casa vascuence. Esa cursiva torpe que pretendió siempre morder donde no llegaba el diente y no mordía ni manteca al sol.
Lo de los blogs es nuevo para mí, y debe ser por eso que aún me asombra la cantidad de caretas que te puedes poner en una sola temporada, sin terminar jamás de definirte a pesar de las infinitas repitencias de blogs, poemas, textos, estilos, registros y el uso indiscriminado de los nombres de gloriosas putas tan históricamente convencionales con los que pretendes escandalizar al personal que terminas aburriendo.
Ah mi dulce anafórica, mi travelo amelocotonado, mi fierecilla indómita, mi toritohuevón, mi sumisa mamoncilla desdentada. ¿Qué más da el nombre que te pongas, si el disfraz siempre deja tus neuronas al descubierto? ¿Qué más da que cierres o que abras blogs, que reptes como un áspid babeando veneno, o blandas el florete del esperpento, repitiéndote como un mantra ignominioso?

Qué más da que te llames Ordequín, o Mod Quintana, o Kalessín, o Cleofé Marescotti, o Loba de Cabaret, o Andrea Baretti, o Lapsus Calami, o Sarasvati, o Fabricia del Dongo, o LaVernaye, o Lady Beefeater, o Madame Rastignac, si jamás te la juegas.

Juégatela, mi amor,
que la reina no está para acogerte
en su tibio regazo
y le han crecido dientes de suburbio
debajo de la falda transparente.

Juégatela, mi tierna,
y atrévete a ser puta con tu nombre de pila,
con esa mala sangre
que vives proclamando como herencia,
y atrévete a decirme lo mucho que me quieres
en tu euskera natal,
sin que se te afrancese el melodrama
ni se te ponga lánguida la lengua.

Por una sola vez, juégatela,
a cara descubierta
si no se te han secado los ovarios.

Desdúdate, mi amor,

des dú-da te

a ver si así te encuentras
en tu propio marasmo esquizofrénico
y dejas de aburrirme
tan miserablemente.




Y para que no se me olvide nunca tu savoir faire, aquí querida dejo, la última paja mental que te has hecho a mi costa, no vaya a ser que pase desapercibida tu extrema humanidad y lo magnífico de tu lírica. 


 La reina tóxica




 La reina tóxica ha abdicado de su reino. Su peluca roja ha reventado como el volcán sin cima
esparciendo un aroma a sexo revenido por las horas. O los pájaros, el negro vigía,
buscando el tiempo en su planisferio de moscas han traído el roce de sus sábanas en las plumas. Y el ritual se ha encallado en esta torpedad de niños
y caen bajo balas sinópticas y rosas de plástico hechas con chicle
por unas manos asombrosamente humanas. Un niño podrido en su babero de injertos de papas
purés frescos o natillas
que traza diablos con Crayolas al sol de la mañana
bajo una mirada de asombro cetrina. Y la reina moscardea el principado
con la saña laboriosa del amor sugiriendo los azules y los verdes
para que todo tome cauces de reina y los eslabones sugieran
a la abeja  en el panal de esclavos
tallando un castillo de arena con manos de préstamo. Esta mamá de plata y oro
con su enjambre mallorquino de perlas y bisutería más cara
de lo aparente o no barata
esta reina curiosa de celdillas que deja su impronta
con su beso de talco y fucsia en un lugar que no alcanzan los dedos...
o tambalea su enteridad redonda rumbo a otros cuerpos extraños.
Por eso cuando creces al ritmo de su sexo averiado
-vivo de percances
oyéndola renegar por lo bajo en una ventolera exhumada
a carne agónica y rosas cínicas las ventanas
parecen cavidades del cielo descendidas
donde oír callar sus bocas. Y desciende
con un aleteo imperioso de puta desciende la reina tóxica apoltronada en un brazo
y vencida de otro mientras lloras
y la peluca roja oncológica se desploma cerca de tus gritos
arrastrando el polvo en su caída galáctica.

Nautas

Googleros