De picnic por los Cárpatos.




Mis muertos son mis muertos
y mi cuneta mía
como suyo es el miedo a despertarse en ella, cualquier fin de semana en que anden famélicos mis hambrientos colmillos transilvánicos (sí, ahora es Transilvania y yo probablemente un Nosferatu travestido. Parece ser que Avalon pasó a la historia) por experto que sea jugándose al black jack el raciocinio.
No hable de mis muertos si es que conoce alguno, que yo tampoco hablo de sus virtualidades y, me apuesto este engendro, a que la lista es larga y exquisita.
Usted juega sus cartas como quiere, yo no marco las mías ni truco dado alguno, así que deje de cortarme el rostro con la boca prestada, como si yo hubiera usado mi famosa malevolencia para obligarle a un juego peligroso y deje de invocarme cuando necesite semidiosas sumisas que le bailen el agua. No me gusta el papel, por eso no lo juego.


Eso es lo que debe hacer usted, esteta de la testosterona (que por cierto suena espantoso) cuando termine de cagarse en las normas, o se niegue a beber vodka: no jugar si se siente en desventaja.

Como es ateo, no hay Dios que le obligue.


El casino es el suyo
como suyo el posteo
son su derecho, al fín, los desalojos.
Ya ve usted que no huyo
si jura en arameo
ni aunque su ira ciegue mis dos ojos.


Sentir para escribir
como locos posesos
por el dolor o por la risa franca.
Escribir por vivir
libres estando presos
y darse el gusto de saltar la banca.



Nautas

Googleros