XVII. Letales.

Van a matarle un día en que la oscuridad
se alíe con el odio de uno peor que él,
que se cague en los códigos de la moralidad
que rige entre los malos, porque su lealtad
se venda al que más pague por un jirón de piel.

La muerte le acaricia, le ronda, le regala
su amor de traficante, calibre veintidós,
y le susurra besos quemantes, le acorrala,
buscándole la carne, ansiosa como bala
que inclemente dispara la pistola de Dios.

Van a despedazarle mientras miro de lejos
como muere un mal hombre de acuerdo con su ley
y no le hago preguntas detrás de los espejos,
pero hay días que vuelan fatídicos vencejos
sobre la rebeldía de una reina sin rey.


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