VI. Gloriosas

I
Si tú viniste a mí, de qué te quejas.
Si me buscaste lejos del incienso
con que te obsequia el mundo. Si indefenso
pretendes que te asombre tras las rejas
que protejen mi enigma. Si complejas
tus razones me enfrentan si te pienso
comiendo de mi mano en el intenso
momento de prender las candilejas
que alumbren el vacío de tu fama.
Si sabes que mi sangre se derrama
por un credo que nunca será el tuyo.
De qué te quejas, dí. Sigue callado
que tendrás la respuesta del ahorcado
en mi soga de viento, por orgullo.

II

A cuántos como tú habré de rematar
a pesar del cansancio que me muerde
los talones descalzos.
Cuántos vendrán con tu estulta soberbia
de libre dentellada, a maliciar susurros
que acabarán en llanto fervoroso.
Cómo saber qué esconde la cabeza
de quien se entrega manso en un poema,
desnudo en la pasión de la palabra
- si en cuestión de segundos,
se viste de estridencia y te despierta
y te escupe en el rostro, violento,
las siete claves de sus amarguras.

No sé como tejer tantas mortajas
para hombres verdugos de sí mismos
que no serán futuro.

Mírate bien,
estéril vas cerrando
tus tardías ventanas,
una a una.


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