Los juegos del hambre II.












Está dentro de mí mientras te escribo

un canto barbitúrico
y los nervios enramados se duermen
y atravieso el amor como si olvido fuera.


Irresistible

tu voz entre dos aguas
memoria de sudor y de saliva,
preámbulo de pájaros.


No callo.

No callaré nunca.
El crimen es callar y el silencio su excusa,
pero la tinta insiste en el arpegio
vigilante.


Vivo húmeda y roja

como una flor sin savia en Varanasi.





Zarpó de mí un poema que llevaba mi espíritu

hasta la tensa orilla de tu boca.
Partió de mí con la sentina llena
de palabras feraces,
que serían semilla de otras nuevas, puras
y arrebatadas
de las que enamorarse lentamente.


La vida entera se convirtió en palabra

y el silencio cedió su imperio claustrofóbico.


Entre tú y yo no hay agujeros negros

ni tan siquiera en ciernes.
No hay dudas, ni reproches, ni fisuras
por las que otras lenguas deslicen su veneno.


Oímos los sonidos de la jungla,

el idioma salvaje del hombre involutivo
y cuando llega el miedo a destrozarlo todo
con garras neblinosas,
despejas la ecuación de la tristeza
y partiendo de ti llega el crepúsculo
a cubrirme de versos liberados,
como una nave apta para cualquier diluvio.


Todas las fotos viejas

terminan por llevarme a tus naufragios
y las tuyas
se emparejan vidriosas con las mías.


Hoy derroté los dogmas

huyendo por el polen de la palabra escrita
esperando ser flor y regalarme
para que no te rindas.




Cambiar de religión es lo de menos
si son los pedestales de las guerras,
la derrota de la razón humana
que se apoya en los dioses vengativos,
el suburbio del miedo
el territorio
de todos los carnívoros.

La religión derrapa en la hondura de Dios
trafica con su esencia, dilapida
la luz que nos sostiene,
reblandece su voz
confunde su palabra
y tiene tantos nombres al margen de la fe,
que elijo el tuyo como el más atroz.

Al menos no me engaña 
ni me exige cordura
en medio de la histeria colectiva.

Te nombro
y siempre me respondes
cuando se cumple el tiempo y sigues vivo.




Supongo que alcanzaste tu objetivo,
ese lugar keniata donde soplan los vientos de todos los veranos
y la vida se expande sobre la muerte impávida
y el amor, persistente, destrona a los dolores.

Supongo que volviste de repente al temblor,
a la luz, a las alas, al latido del hombre,
y el instinto de sismo se te habrá apaciguado
al salir de la jaula hospitalaria
con la tensa jauría del pasado
acosando tu insomnio.

Supongo que estarás derrocando al silencio
y haciendo de los besos la mejor medicina,
y del abrazo el íntimo placebo
para que el músculo se pliegue al baile
y el espíritu al canto de los días.

Todo tu continente reirá tu contenido
y supongo que el sol te hará sudar de nuevo
al ritmo trepidante de la lucha entre el cuerpo y la sábana.

Supongo que la luna te alumbrará de noche
para que olvides pronto las luces de la UTI,
y que te fluirán muy fáciles las lágrimas
contento de volver al lugar que fundaste y te reclama
como un huérfano al padre.

Te supongo feliz, amigo mío, un poquito feliz,
desembocando en lirios y palomas
aunque tan sólo sea por un sueño de río.

Por aquí, como siempre, en tus antípodas,
con un frío letal, desapacible, que se mete en los huesos
reclamando su espacio.
Nada que no se arregle
con una batamanta de inconsciencia
que abrigue la utopía. 




El pájaro de hiel prueba las alas
que no terminan de cicatrizar,
le pone voluntad a la tristeza
con un concierto de fatalidad.
Se teme lo peor, profetizando
la falta de futuro y al final,
mientras le voy cantando siendo invierno
empecinada en su latir vernal,
el pájaro de hiel pliega la risa
como un pañuelo limpio que guardar.

En el almario de los despropósitos,
la hiel ocupa toda su verdad.


2.015.

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